
lunes, abril 16, 2007
Sábado de tormenta

Hay un momento en el que el cuerpo dice BASTA: todo da vueltas, las piernas flaquean, la boca parece despedir fuego, la cabeza estalla, la nariz moquea, un zumbido taladra los oídos, tragar se hace imposible. Tecleo y me sudan las manos. Al lado, la cama con las huellas de una noche inacabable. ¡¿Qué dijiste?! Y aquí vamos otra vez, ¿son sordos o qué?, encima que cuesta, tengo que subir el tono de la voz y esforzarme como si gritara. Se me nubla la vista y la pantalla se duplica. El exterior se percibe desde otra perspectiva, como una película de la que no puedo participar. Duermo, tomo agua, leo, duermo, tomo agua, escucho música, duermo, tomo agua, leo y vuelvo a dormir y a tomar agua. Me voy a la cama, me explota la cabeza.
(ESCRITO EL SÁBADO, hoy hasta puedo hablar, tragar y caminar)
(ESCRITO EL SÁBADO, hoy hasta puedo hablar, tragar y caminar)
jueves, abril 12, 2007
miércoles, abril 11, 2007
Pasajera 120

Suena el celular, mensaje de texto. Pago al guarda del 300, me siento y leo el mensaje. ¿Ese es el 120? No sé, le respondo a una señora sentada a mi lado con unos lentes redondos que le cubren los ojos y gran parte de la cara. Miro ignorante el celular. Mi bisnieta me pide el 120, yo se lo presto, pero no se lo doy, no me puedo despegar de mi 120. ¿El tuyo dice la hora en voz alta? No. Ahí me encuentro, ignorante y vencida por la tecnología de una señora con mirada tierna y con cuatro bisnietos. Para demostrarlo, saca de su bolsillo el celular, aprieta con fuerza por unos segundos el numeral. Una programada voz femenina anuncia: seis menos diez. La señora me mira fascinada como si me estuviera mostrando el último chiche tecnológico. ¿Sabe escribir mensajes de texto?, le lancé sin que pudiera contenerme. Con la misma mirada divertida y hasta algo cómplice me responde descaradamente que sí. Me quedé muda, estupefacta y divertida. Aprendí hace muy poco, mis nietos me mandan mensajes todo el tiempo. Todos tienen celular, mi marido, mis hijos y mis once nietos.
Suena su celular. Como una experta, anuncia que es un mensaje de texto. Sigue sonando. Me parece que es una llamada, le señalé fastidiosa. Dudó de qué tecla apretar, hasta que se decidió a hablar. Es una llamada. Todos en el ómnibus escuchan la conversación telefónica. Corta, y sin que le pregunte, me cuenta: Me llamó un chiquilín, lo conozco desde que nació, fue compañero de uno de mis hijos, tiene novia y un remate me pidió que testifique que es de allá ¿Te dije que soy de Mercedes, departamento de Durazno? No, ¿cómo es allá? ¡Ah! Es muy lindo, lo tenés que conocer.
En fin, la señora, amorosa, se bajó en la siguiente parada, no sin antes contarme que había tenido que venirse a Montevideo a trabajar hace cuatro años porque su jubilación y la del marido resultan muy escasas. Cocina en una casa y cada quince días va a visitar a su familia. Debe de tener más de 75 años y sigue trabajando. Son una vergüenza las jubilaciones de este país. Señora, el Domingo de Ramos estuve en Durazno. Por falta de tiempo, no pude visitar Mercedes, pero créame que lo haré.
Suena su celular. Como una experta, anuncia que es un mensaje de texto. Sigue sonando. Me parece que es una llamada, le señalé fastidiosa. Dudó de qué tecla apretar, hasta que se decidió a hablar. Es una llamada. Todos en el ómnibus escuchan la conversación telefónica. Corta, y sin que le pregunte, me cuenta: Me llamó un chiquilín, lo conozco desde que nació, fue compañero de uno de mis hijos, tiene novia y un remate me pidió que testifique que es de allá ¿Te dije que soy de Mercedes, departamento de Durazno? No, ¿cómo es allá? ¡Ah! Es muy lindo, lo tenés que conocer.
En fin, la señora, amorosa, se bajó en la siguiente parada, no sin antes contarme que había tenido que venirse a Montevideo a trabajar hace cuatro años porque su jubilación y la del marido resultan muy escasas. Cocina en una casa y cada quince días va a visitar a su familia. Debe de tener más de 75 años y sigue trabajando. Son una vergüenza las jubilaciones de este país. Señora, el Domingo de Ramos estuve en Durazno. Por falta de tiempo, no pude visitar Mercedes, pero créame que lo haré.
martes, abril 10, 2007
Apuntes de la P. G
Las personas que viven en el campo son naturalmente sencillas, tanto en la vestimenta como el lenguaje, las comidas o su vida. Son trabajadoras y tranquilas, los ruidos extraños las asustan y el pueblo las marea. En campaña, uno es el mismo descalzo que con zapatos, y en la ciudad, para ser alguien , necesitás vestir marcas. Cantan el himno nacional con el sombrero sobre el corazón. Tienen una fiesta en el año, la Patria Gaucha, la fiesta del norte, del pago más grande de la patria como anuncia un cartel en la entrada de Tacuarembó. En esa semana de festejos se reúnen con otros paisanos, llevan sus mejores vestimentas y estrenan sus mejores caballos. Pasean a caballo o caminando, vestidos con bombacha, rastra, facón de plata, camisa blanca y, algunos, chaleco de cuero. Su moda es la misma que hace siglos. Las vidrieras de Tacuarembó ofrecen prendas de última moda junto a los vestidos de las chinas y las bombachas, la fajina, la boina y las botas de los gauchos. Los niños quieren ser jinetescuando sean grandes , se sacuden arriba de un tronco y revolean un trapo.
Estoy en una habitación de un rancho de barro y paja, y escribo en una libretita: "La nena no llega a la barra de la parrilla. El padre pide a gritos al mozo una coca. El murmullo de los clientes de las mesas se mezcla con la música en vivo de un payador. Todo es confuso: el humo y el olor a asado."
Estoy en una habitación de un rancho de barro y paja, y escribo en una libretita: "La nena no llega a la barra de la parrilla. El padre pide a gritos al mozo una coca. El murmullo de los clientes de las mesas se mezcla con la música en vivo de un payador. Todo es confuso: el humo y el olor a asado."
Cruje la puerta de madera del rancho. Con permiso, anuncia un gaucho, y sorprendido al encontrarme, se saca el sombrero para entrar. Camina en puntas de pie, con un vaso de plástico en la mano, hasta las damajuanas de vino. Disimulo, muevo la lapicera mientras lo miro de reojo. Él también me mira. Voy a probar la Parmalat. Claro, como si sus cachetes colorados no delataran sus otras catas. Le sonrío cómplice.
"El mozo les trae lo ordenado. Las manos hinchadas y ásperas del padre le entregan un billete de mil pesos, tal vez los únicos que le quedan. El mozo no entiende lo que le pide la nena, ¿querés agua o Fanta? Te la cambio." Desaparece el gaucho con su vaso lleno de vino, su facón de plata y sus pasos silencioso.
"¡Bombilla!, grita la nena entre el ruidaje del lugar, ¡bombilla! El mozo le entrega una pajita."
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