viernes, abril 20, 2007

El arte de lavar

Hay ropa rebelde, con entramados complejos, que se resiste al lavarropas. Amontonada en la silla, la miro indiferente y hasta con cierto desprecio. Cuando la ropa comienza a copar también el suelo, ahí siento lástima de tener que separar las polillas de su nuevo hogar y por obligación sanitaria lavo la ropa.
Con coraje, amaso la ropa rebelde en un latón con agua fría. Luego, abatida por intoxicarla con el jabón Bull dog, como si infligiera su naturaleza mugrienta, le hago reanimación bajo el chorro de la canilla. Acto siguiente, le extraigo el agua como si ordeñara una vaca. La cuelgo y sus extremos caen exhaustos.

lunes, abril 16, 2007

Verificación empírica



Si se encuentra con un hombre que convive con un gato y además duerme con una tele en su dormitorio, se comprobarán las causas de la separación.

Sábado de tormenta


Hay un momento en el que el cuerpo dice BASTA: todo da vueltas, las piernas flaquean, la boca parece despedir fuego, la cabeza estalla, la nariz moquea, un zumbido taladra los oídos, tragar se hace imposible. Tecleo y me sudan las manos. Al lado, la cama con las huellas de una noche inacabable. ¡¿Qué dijiste?! Y aquí vamos otra vez, ¿son sordos o qué?, encima que cuesta, tengo que subir el tono de la voz y esforzarme como si gritara. Se me nubla la vista y la pantalla se duplica. El exterior se percibe desde otra perspectiva, como una película de la que no puedo participar. Duermo, tomo agua, leo, duermo, tomo agua, escucho música, duermo, tomo agua, leo y vuelvo a dormir y a tomar agua. Me voy a la cama, me explota la cabeza.
(ESCRITO EL SÁBADO, hoy hasta puedo hablar, tragar y caminar)

jueves, abril 12, 2007

El tiempo vuela


Tengo la sensación de que nunca puedo alcanzar el tiempo.-

miércoles, abril 11, 2007

Pasajera 120


Suena el celular, mensaje de texto. Pago al guarda del 300, me siento y leo el mensaje. ¿Ese es el 120? No sé, le respondo a una señora sentada a mi lado con unos lentes redondos que le cubren los ojos y gran parte de la cara. Miro ignorante el celular. Mi bisnieta me pide el 120, yo se lo presto, pero no se lo doy, no me puedo despegar de mi 120. ¿El tuyo dice la hora en voz alta? No. Ahí me encuentro, ignorante y vencida por la tecnología de una señora con mirada tierna y con cuatro bisnietos. Para demostrarlo, saca de su bolsillo el celular, aprieta con fuerza por unos segundos el numeral. Una programada voz femenina anuncia: seis menos diez. La señora me mira fascinada como si me estuviera mostrando el último chiche tecnológico. ¿Sabe escribir mensajes de texto?, le lancé sin que pudiera contenerme. Con la misma mirada divertida y hasta algo cómplice me responde descaradamente que sí. Me quedé muda, estupefacta y divertida. Aprendí hace muy poco, mis nietos me mandan mensajes todo el tiempo. Todos tienen celular, mi marido, mis hijos y mis once nietos.
Suena su celular. Como una experta, anuncia que es un mensaje de texto. Sigue sonando. Me parece que es una llamada, le señalé fastidiosa. Dudó de qué tecla apretar, hasta que se decidió a hablar. Es una llamada. Todos en el ómnibus escuchan la conversación telefónica. Corta, y sin que le pregunte, me cuenta: Me llamó un chiquilín, lo conozco desde que nació, fue compañero de uno de mis hijos, tiene novia y un remate me pidió que testifique que es de allá ¿Te dije que soy de Mercedes, departamento de Durazno? No, ¿cómo es allá? ¡Ah! Es muy lindo, lo tenés que conocer.

En fin, la señora, amorosa, se bajó en la siguiente parada, no sin antes contarme que había tenido que venirse a Montevideo a trabajar hace cuatro años porque su jubilación y la del marido resultan muy escasas. Cocina en una casa y cada quince días va a visitar a su familia. Debe de tener más de 75 años y sigue trabajando. Son una vergüenza las jubilaciones de este país. Señora, el Domingo de Ramos estuve en Durazno. Por falta de tiempo, no pude visitar Mercedes, pero créame que lo haré.